El
corazón de la enseñanza de Jesús está en lo que llamamos “las bienaventuranzas”,
que no es más que un código de felicidad al estilo de Jesús. No es un código
moral, no es un conjunto de normas, ése no es el estilo de Jesús. Si intentamos
entenderlo bien, habría que mejorar la traducción.
“Bienaventurados”
es una palabra que ha perdido su significado de “dichoso” o “feliz”. Hoy
llamamos “bienaventurado” al ingenuo que se lo cree todo. La expresión “pobre
de espíritu” se aplica a los apocados. La palabra “manso” es peyorativa, lo
opuesto a “bravo”. Pero no quieren decir eso, y ya es hora de que traduzcamos
las palabras de Jesús a nuestro idioma, no al de nuestros tatarabuelos, quizá
por un falso respeto, una miope fidelidad el texto (¡pero no a su significado
real y actual!)
Cuando
Jesús hace estas exclamaciones está profesando su fe en una felicidad
sorprendente y antagónica a nuestro concepto normal de felicidad. Aventurando
una traducción más significativa podríamos quizá decir:
-
“¡Cuánto más felices serian si no
necesitaran tantas cosas, si no os fiaran tanto en tener y consumir!”
-
“¡Cuánto más felices serían si su
corazón no fuera violento!”
-
“¡Cuánto más felices serían si
aprendieran de los golpes de la vida!”
-
“¡Cuánto más felices serían si tuvieran
hambre de un mundo justo!”
-
“Cuánto más felices serían si
aprendieran a perdonar!”
-
“¡Cuánto más felices serían si tuvieran
un corazón transparente!”
-
“¡Cuánto más felices serían si
trabajaran por la paz!”
-
“Y si tienen que sufrir algo por ser
así, ¡mucho más felices todavía!”
Éste
es el código de felicidad de Jesús. Un código completamente absurdo, que niega
los valores normales de nuestra sociedad. Nosotros ponemos la felicidad en
poseer y disfrutar, en imponernos sobre otros, en no sufrir absolutamente nada,
en no meternos en los líos de los demás, en pedir cuentas, en disimular, en
desentendernos del dolor del mundo… y siguiendo esta lógica hemos construido un
mundo inhabitable y hemos conseguido (a veces y para muy pocos) un mundo
inhabitable, lleno de infelicidad.
Está
extraordinariamente bien elegida esta lectura para la fiesta de Todos los
Santos. Celebramos a todos aquellos que aceptaron el código de felicidad de
Jesús, les rendimos homenaje, reconocemos que son ellos, no nosotros, los que
tienen razón, los que aciertan, los que trabajaron eficazmente por una
humanidad mejor… y los que fueron más verdadera y completamente felices.
Y,
como siempre, todo esto termina en la palabra “misión”. La misión de Jesús fue dejar claro cómo es Dios y cómo es su sueño
sobre sus hijos. La misión de Jesús fue poner en marcha ese sueño. Nosotros,
los que decimos que creemos en Jesús, hemos aceptado continuar con su misión,
trabajar por su sueño. Para eso, antes hemos de creérnoslo, hemos de hacer
nuestro su código de felicidad. Y hoy celebramos, agradecidos a los que antes
de nosotros le creyeron y nos demostraron que es posible, satisfactorio, vivir
al estilo de Jesús construyendo el Reino, el sueño de Dios.
Fray Anderson, O.P.